
Volver a empezar
A Julio Medellín Vélez –hijo de un gran maestro—,
con motivo de su muerte reciente.
Por: Héctor Estrada Casas
Arturo:
El viejo tronco del árbol que derribó el viento y quedó fuera de la tienda de Don Lupe, el Pollo, es banca de descanso, silla de tertulia, banco de espera.
Se ocupa dependiendo la hora.
En qué piensa Don Julio. Está sentado precisamente en él, recargado en su bastón a dos manos para sostener el sopor de su resguardo a la sombra de otro viejo árbol marcado por el ocio generacional.
Me siento junto, lo suficiente para que entienda que llego a él, a interrumpirlo:
--¿Qué tal un vaso de agua o un refresco en mi casa?
--¡Qué pasa contigo! –me da la mano—. ¿Y dónde vives?
--Aquí, en la calle Puebla, donde vivió la mamá de Don Antonio (J. Hernández).
En Atlixquito se organiza un homenaje en su honor y de eso hablamos mientras vamos a mi casa.
No alcanza a sentarse cuando le tomo una fotografía, aprovechando que la cámara está en la mesa.
--Recuerdo el regalo que me dio usted en mi graduación del kinder –le digo con asalto mientras preparo la grabadora.
--¡No me digas! Yo no. ¿Qué fue?
--¿No lo recuerda? –le reclamo condescendiente.
--No, discúlpame pero no –contesta con la risa que logra escapar entre los apretados dientes.
--Un trenecito de lata.
--¡Un trenecito de lata! Claro, no pudo ser de otra cosa en ese tiempo –se ríe, pero lo detengo—: Bien, vamos a platicar.
--¿De qué?
--Dígame quién es –lo amago.
Julio Medellín Flores nació el 16 de enero de 1922, en el Distrito Federal.
Por razones económicas sus padres, Cayetano Medellín Peñaflor, de oficio repostero y su madre Margarita Flores de Medellín se mudaron con sus nueve hijos a Cuernavaca, Morelos, donde Julio ingresó a la primaria Plan Sexenal para hacer al mismo tiempo sus primeros estudios de música.
Por el año 1935, en esa escuela y otras de Cuernavaca se formaron bandas de música integradas por niños de entre 10 y 12 años de edad, y Julio tocaba el clarinete en la banda infantil, dirigida por Gregorio Luyano.
Su gusto por la música lo devolvió en 1938 a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Libre de Música, mientras trabajaba con las mejores bandas en lugares como el Salón México. Participaba también en programas de la XEW y en el Teatro Esperanza Iris.
Seguía tocando el clarinete.
“Siempre el clarinete”, destaca en la entrevista.
En 1940 ingresó a la Gran Banda Sinfónica de la Marina, con la dirección del Teniente Coronel Estanislao García, y en 1943, con la dirección del Coronel Isauro Sánchez, a la Gran Banda Sinfónica de la Primera División de Infantería, la cual, con el ingreso de México a la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a la Ciudad de Puebla, donde Julio se casó en 1945 con Socorro Vélez para regresar después a Cuernavaca con sus padres y formar dos orquestas en 1949.
Estamos hablando de él y regresando de cuando en cuando al trenecito, del que gradualmente le doy detalles: Era amarillo y venía en una caja amarilla con letras en azul y rojo.
Tenemos música de entonces en casete: Artie Shaw crea un conjunto de frases musicales de rápida sucesión y otras alargadas, llorosas y levemente lánguidas para convertirse finalmente en esa forma de pensamiento triste que se baila.
“Volver a empezar“ deja de ser música y se vuelve deseo, el sueño con el que Julio Medellín intenta hacerse interminable. En su rostro se estacionan los rasgos de quien prolonga la conversación para alargar la vida.
Alguna vez, en una de las visitas que hizo a sus suegros en la Ciudad de Puebla, conoció al trompetista Pancho Coyotl, quien lo invitó a dirigir una orquesta de la fábrica la Concha de Atlixquito. Habló con el entonces secretario general de la empresa, Roberto García y se organizó la orquesta que llevó por nombre CIMA (Compañía Industrial Manufacturera de Atlixco).
El secretario de la fábrica La Concha sería después Eleazar Camarillo Ochoa, cuando CIMA ya era parte de la vida social de Atlixquito, amenizando banquetes de los líderes obreros. Por cierto, fue en uno de éstos donde J. Hernández escuchó a CIMA por primera vez.
“Me gusta tu maestro”, le dijo a Eleazar Camarillo y se lo llevó “prestado” para formar en 1955 la Orquesta Metepec con 17 elementos.
Esta orquesta amenizó eventos de Metepec y bailes de graduación de la Universidad Autónoma de Puebla, del Instituto Normal del Estado y clubes de servicio. Tuvo la oportunidad de alternar con las mejores orquestas del país y recibió el reconocimiento de Luis Alcaraz, Pablo Beltrán Ruiz, la Danzonera de Acerina, Mariano Mercerón, Ismael Díaz y de las orquestas de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional.
La de Julio Medellin era una orquesta a la altura de las más importantes de la capital del país, solían reconocer quienes alternaban con él.
En 1965, la Orquesta Metepec amenizó un banquete en el Club Hípico de la Ciudad de México. Ahí la escuchó el presidente de la república, Adolfo López Mateos, quien la pidió para sus eventos sociales (nunca faltó en sus cumpleaños), por lo que J. Hernández suspendió las actividades de la orquesta en la región de Atlixquito para ponerla al servicio exclusivo del Mandatario de la Nación, mientras duró su gobierno.
--¿Entonces ese trenecito amarró el compadrazgo con tus papás?
--Con respecto a mí, sí –le contesto desde la casetera porque “Volver a empezar” debe volver a empezar.
Voy de vuelta a mi asiento y ya habla de los demás que hicieron música en Metepec: los hermanos De Román, Julio Quintero, la Paja de Oro, la Banda de Metepec del maestro Guadalupe Mino Coaonte, el Mariachi Metepec y otros grupos como Los Traviesos y la Colina Azul.
Recuerda –y yo también— que desde muy temprano, los diez de mayo la orquesta recorría las calles de Metepec tocando las Mañanitas. Recuerda también las fechas importantes de la vida social de los obreros y a los líderes pedir con insistencia sus melodías preferidas.
“A Don Antonio J. Hernández le gustaban: Teléfono a Larga Distancia, Nereidas, Ahí nos vemos cocodrilo; y a Eleazar Camarillo: La Múcura, Capullito de Alelí, Linda Mujer, Chupando Caña, Amor Perdido. Los líderes se inclinaban por el danzón y la música de Agustín Lara”.
La narración de Julio se detiene cuando llegamos al cierre de la fábrica y parece poner fin a la conversación. Deja de hablar. Sus ojos de débil complexión se aproximan a la tristeza. Shaw parece dolerle.
Y es que algo le debe decir que vivir en Metepec le dio la oportunidad de prepararse para entender el mundo; y que no puede terminar el capítulo a partir de su creación porque repensar Metepec sirve para prevenirnos de lo que puede venir.
Habla de lo mucho que le gusta “Volver a empezar”, y con esto me aleja de la entrevista para centrarnos en Artie Shaw.
El viernes 8 de mayo, a las 19:00 horas, Julio Medellín se homenajeaba, homenajeando intransferible a Shaw: Abrió su estuche, tomó el clarinete y “Volver a empezar” llenó el lugar, hizo del ambiente anhelo en los ex obreros que asistieron como si el milagro de volver a empezar pudiera ocurrir tras rogar a partir de 1967 para la recuperación de su fuente de trabajo.
Arturo, si viviste en Metepec entiendes al asentamiento que se repite siempre similar para poder agregarse al contexto: aspectos de la condición humana, o la vida como una incesante lucha.
Tan pronto la actividad laboral se define para reposar en su propósito de todos los días, el asentamiento se vuelve lugar de sermones; el bien y el mal toman su lugar: los moralistas, los místicos, el líder, todos construyen el equilibrio con la poca sumisión que se permiten los recalcitrantes.
En el escenario está todo una vez que se constata la suficiencia, pero es hasta la llegada de solaz –alivio de los trabajos— cuando se concretiza el sentimiento de prosperidad. Y es ahí donde está él, entre todos los que entregaron su vida a interpretar la música del momento, como si su creación fuera inspiración de lo que ahí sucedía.
Metepec me ayuda a sentir “Al este del Edén”, donde más que con la gran saga familiar, John Steinbeck, su autor, logra explicarse caracterizado por la preocupación y el conflicto social que exhalan sus textos.
Y es que Julio Medellín es una historia que se escribe sólo en lugares como Metepec, la historia de un músico que, como diría Aretino, aparece en mundos en parecido estado de formación para dar solaz, esparcimiento y premio a esos espíritus fatigados en la lucha por la existencia…
--Padrino —lo detengo con la mano en su antebrazo—, ¿de verás no se acuerda del trenecito?
--Crees que no –dice rápido y busca escapar—: ¿Era de pilas?
--No, de cuerda.
--De cuerda… –hizo con las manos y huyó.
PD. Arturo, siempre he sostenido que al hijo –normalmente al primero— le ponemos nuestro nombre porque buscamos prolongarnos en él. Julio Medellín simplemente lo habría hecho para volver a empezar.
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